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Álbumes de fotos

noviembre 14, 2004

Eusebio de Cesárea o el azar

Voy a poner por escrito ciertas elucubraciones que mi mente inquieta fabrica sobre las reacciones al libro. No han sido muchas, pero a algunas se puede incluso acceder. Una de ellas, en este mismo blog (Ver "Buscando firmas" - El caballero teutón, de Octubre 18 y el final en "Diario" - Nexo común). Según el visitante, las firmas "pueden encontrarse ... en cualquier clase de texto". El azar las forma, él solo.

Si no me equivoco en este enlace todavía puede verse otro "contraste de pareceres" con Onory, que también apunta en la misma dirección, el azar.

El azar es la primera cosa que viene a la cabeza cuando algunas personas reciben la noticia sobre el hallazgo de las firmas. Como una primera explicación de algo impactante. ¿Y no será, por casualidad, producto del azar? Como reacción inmediata. Y también, en otros casos, como defensa ante algo que no se quiere aceptar como posible.

Estudiar por métodos científicos el tema de las firmas (o acrósticos) es laborioso. Aunque quizás no imposible. Lo que deseo decir aquí es que, en efecto, el azar forma firmas con la palabra "Simón" en cualquier texto griego. Si un servidor hubiera dicho, "Señores, he encontrado esta enorme cantidad de firmas de Simón en los 4 Evangelios, dispuestas al buen tuntún, o a lo loco. Eso prueba, a mi modo de ver, que los 4 Evangelios los escribió una misma persona." Entonces estimar cuántas firmas a lo loco forma el azar en los 4 Evangelios sería una respuesta adecuada.

Pero yo no he encontrado firmas a lo loco, sino dos cadenas continuas de firmas. Una en los versículos y otra en las frases. Hay algunas interrupciones, y ésas cuñas también portan firmas. Y cuando la interrupción es larga, contiene una cadena de firmas tan larga como la cuña lo permite. De Simón.

Si se pretende negar la autoría de un tal Simón, hay que demostrar que esas dos cadenas son fruto del azar. Pero no sólo con números, sino también con alguna realidad. Con algo tan real como las dos cadenas de Simón en el Nuevo Testamento. Un hecho hay que refutarlo con otro hecho. No con una hermosa teoría preparada "ad hoc". Con otro hecho que lo desmonte.

Hállese una cadena de firmas que recorra todos los versículos del Nuevo Testamento y otra, con el mismo mensaje, que recorra todas las frases, y entonces hablaremos del gobierno, señores. Entonces se habrá probado algo. Mientras tanto, lo único sensato que podemos hacer es estudiar mejor el asunto de las firmas del pájaro ése.

octubre 25, 2004

Las raíces de mi fe

No puedo decir que yo creyera a pies juntillas, tenía grandes interrogantes. Veía mezcla de mentalidades distintas y eso me confundía. ¿Cómo era posible? Esa ambivalencia, esas dos vertientes, cosas profundas y enormes barbaridades conviviendo en el mismo texto que se decía inspirado por Dios … ¿Cuántas veces había oído en mi vida aquello de ”palabra de Dios”? ¿Dios diciendo barbaridades?

Tenía deseos de llegar al fondo de la cuestión y explicarme el enigma de la convivencia. Hasta que un día, después de años de buscar, tuve las pruebas documentales, irrefutables, ciento y cientos de firmas, una a continuación de otra, en todos los textos sagrados de mi religión. Todas las obras que siempre había oído eran de los 4 Evangelistas, las Epístolas de Pablo, las demás cartas de otros personajes, el libro de los Hechos, el Apocalipsis, todo era obra de la misma persona, la que dejaba las firmas. Y en todas ellas las mismas interrupciones, con la misma mentalidad, de la misma persona, la que luego pondría en azul. Me pregunté asombrado, pero ¿de dónde vienen mis creencias? ¿En qué he estado creyendo más de cuarenta años de mi vida? ¿En qué he educado a nuestros hijos y están éstos educando a los suyos?

Lo primero que cayó es la unción, o el respeto, con los que uno tomaba en sus manos, a veces, no muchas, el Nuevo Testamento, los Evangelios, y ellos representaban una manera de acercarse a la Divinidad, a lo Superior. Aun con las dudas, siempre me había quedado un resto de respeto, de precaución, mira que si fuera cierto ...

Los Evangelios eran una obra humana, totalmente humana, incluso ladina. Los Evangelios había sido creados con cuquería, con premeditación y alevosía. Con la premeditación necesaria para ir sembrando de firmas todos los libros, todas las frases. Era de agradecer que el autor nos dejara las pruebas de su falsificación en forma de firmas, pero no dejaba de ser una falsificación y la base de la filosofía de vida de millones de personas eran unos textos trucados, un invento, una novela. Es como si de pronto empezaran todos a asegurar que El Código Da Vinci era palabra de Dios y la Magdalena una diosa. Absurdo.

Ese halo de misterio que desde siempre había rodeado a los Evangelios cayó para siempre. Los Evangelios eran, en toda la parte que da base a creer en la singularidad de nuestra religión, en la divinidad de nuestro Mesías, en la fundación de la Iglesia, en todo eso, eran una falsificación interesada. Alguien había estado jugando conmigo durante toda mi vida, la vivida hasta ese instante. No podía salir de mi asombro.

Con lo que tenía delante me pareció que podía entrar en la personalidad de mis engañadores. Y cuando analicé a éstos, capté lo burdos que eran los Evangelios, lo burda que era la falsificación. Al percibir las repeticiones, los tópicos, me pregunté ¿cómo no lo vi antes? ¿Cómo he podido estar tan ciego tantos años?

Entonces me di cuenta de que realmente la fe que me habían inculcado de niño era la entrega al engaño, la fe en la falsificación, la adhesión al embuste. Mi fe terminó de desvanecerse, porque sus raíces estaban podridas.

septiembre 22, 2004

Una religiosidad que yace en el olvido

Otra consecuencia, los romanos consideraban a sus difuntos como seres de alguna manera divinizados y les rendían culto y le pedían su protección. Nosotros, 2.000 años después no sabemos dónde están nuestros difuntos y pedimos por ellos, cuando deberíamos pedir por nosotros, que somos los que aún tenemos problemas.

Resulta reconfortante saber que hace 2.000 años romanos tenían las ideas claras. Para ellos los númenes eran las fuerzas de la naturaleza personificadas en forma de deidades. Se pedía su protección al realizar los campesinos los trabajos agrícolas.

Los manes eran los espíritus de los miembros de la familia difuntos. El padre de familia les ofrecía flores y alimentos en los aniversarios de su nacimiento, junto con toda la familia. Es notable esa unión anímica entre los vivos y los difuntos y el hecho de que las ceremonias para honrar los espíritus de los difuntos se celebraban en la propia casa, ante una hornacina que contenía las estatuillas de los deidades de la casa. En ella lucía permanentemente el fuego sagrado.

Como dice Chevalier, los romanos imploraban a los dioses "no para honrarlos sino para atraérselos; no para tener la fuerza de obedecer su voluntad, sino para plegarlos a sus deseos." En esto estaban más acertados que nosotros. La cita está sacada de Guía de la Roma Antigua, de Georges Hacquard. Ediciones Palas Atenea. Traducción y adaptación de Matilde Rovira Soler.

Otro tema, los romanos aceptaban la muerte con mucha más serenidad que no-sotros. A nosotros nos han inculcado que el bien más importante es la vida y la muerte, lo único que no tiene remedio. Eso hace que temamos a la muerte y que el tema de la muerte sea tabú, algo de lo que no se habla hasta que nos topamos con ella en los inmediaciones. Y todo lo que entonces oímos a nuestros guías son palabras vanas y sin sentido.

Otro tema, los antiguos estaban convencidos de que cada humano venía a la vida acompañado de una facultad de conocer, que acompañaba al humano desde la cuna hasta la tumba. Los griegos lo llamaban "γνωμη", gnomé. Los romanos lo llamaban "genio". El cristianismo borró ese concepto del mapa y tradujo el término griego por gnomo, ser evanescente, pequeño y sabio y lo mandó a los cuentos infantiles. Del genio ya sabemos lo que hizo, nuestro mal humor. Esto es sólo una muestra de la campaña de desertización ideológica sufrida por Occidente.

La de Roma era una religiosidad sentida, que impregnaba cada acto de los habi-tantes de la casa. Hacía de elemento de unión, no sólo entre los vivos, sino de éstos con sus antepasados. Y fue un elemento fundamental del ascenso de la pequeña Roma hacia el Imperio que formó luego.

Cuando se leen nuestros libros sobre el tema, hay que proceder con cuidado y localizar los prejuicios. No es, como se dice, que la religiosidad primitiva romana decayera y que las doctrinas griegas volvieran escépticos a los más cultos. La Sabiduría griega amplió y clarificó las acertadas concepciones de la primitiva religiosidad romana.

Hemos perdido el conocimiento de qué es la vida y en qué consiste la muerte. Y eso ya se conocía hace dos mil años. Pero luego aparecieron Constantino y Teodosio y con ellos llegó la noche, lo que llamo el Gran Paréntesis. La pregunta es obvia, ¿cuándo lo vamos a cerrar?

El gen occidental

Las consecuencias de una desinformación en temas trascendentales mantenida durante 17 siglos son inmensas. Tenemos las meninges infectadas y los más grave es que no somos conscientes de ello. El hecho de que el engaño haya funcionado a la perfección durante tantas generaciones ha hecho que la inmensa mayoría de Occidente duerma apaciblemente y sueñe estar despierto.

Es como si se hubiera injertado en nuestro ADN un nuevo gen de inconsciencia. Y dicho injerto nos inmunizara contra el antídoto. De hecho, todas las dificultades que experimente el lector para comprender la situación en la que se encuentra provienen de ese gen, de esa política de desinformación genética. Digo genética porque se viene practicando desde 52 generaciones atrás.

Ese gen hace que nos adaptemos a la anormalidad y la consideremos normalidad. Y la consideramos normalidad porque así son las cosas desde siempre, desde hace 52 generaciones o 1.700 años. El trabajo de modelación ha dado sus frutos, nuestros lejanos antepasados fueron moldeado y nosotros hemos salido ya modelados, conformados, adaptados a la anormalidad desde el nacimiento.

Se nos ha hecho perder todos los logros en temas trascendentes que nuestros antepasados habían alcanzado a través de generaciones. Ellos accedieron a saber que el ser humano consta de cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo, lo que se ve. Llamaban alma al conjunto de sentimientos y pensamientos del humano. Esto tampoco es discutible. Y llamaban espíritu a la componente del ser humano que distingue y opera en la Dimensión Superior. Superior a la mente, de otro orden que ella. Sólo está claro que poseen espíritu para quienes lo han desarrollado siquiera un poco.

Pues bien, para el cristianismo de Constantino (decimos cristianos, pero debié-ramos llamarnos constantinianos) el humano sólo tiene cuerpo y alma. El hombre es un "λογικον ζωων" un "animal racional", taimada traducción de "ser vivo dotado de Logos". Sobre este eje giró la reforma constantiniana: Nos amputó el espíritu. Por emplear una palabra políticamente correcta. Fue una castración imperial, a todo el Imperio. Y de la parte más noble, de la componente trascendente. No interesaba. El poder está más cómodo con ciudadanos incapacitados y humillados. Y hasta hoy.

En Roma, donde se formaban los futuros cuadros del Imperio, era habitual man-dar a los jóvenes a Grecia a terminar sus estudios. Hoy los mandamos a Inglaterra o a Estados Unidos. Allí aprendían en directo cómo se desarrollaba el espíritu. En una pala-bra, evolucionaban. Y los cuadros que regirían el Imperio, aun con todas las imperfec-ciones comprensibles, estaban formados en la Ética y el Conocimiento. Sólo así se ex-plica que hubiera una hornada de Emperadores filósofos, los Antoninos.

Teodosio en el año 475 cerró las Escuelas de Filosofía y condenó al espíritu a las catacumbas. Así se culminó la castración. Y desde entonces, los ciudadanos del Imperio están faltos de su mejor sumando. Y los jóvenes se forman sin Ética ni Sabiduría. Así los depredadores andan a sus anchas. Y llevamos así 52 generaciones. No podemos quejarnos de cómo anda el mundo o de qué mundo tenemos o de que haya guerras injustas. Tenemos lo que nos hemos dejado hacer.

La ignorancia y la edad infantil

La peor consecuencia del tinglado constantiniano denominado "cristianismo" es la deformación introducida en nuestra educación como seres vivientes. Esta educación era positiva antes de Constantino. Tras él no sólo se anuló, sino que se convirtió en una contra-educación. Nos han enseñado desde entonces en contra de la Vida plena.

Es como si los médicos, o galenos, desde Constantino laboraran secretamente para favorecer las enfermedades de todos sus pacientes, y fingiendo sanarles, los empujaran realmente hacia una muerte segura, colaborando ocultamente con la enfermedad. Y así, 17 siglos.

Los más perspicaces, convencidos de que los médicos son nefastos, no acuden a ellos cuando algún dolor les aqueja y se medican por su cuenta. Ésa es la escapatoria de los más adelantados, no ir al médico nunca. No pisar la iglesia jamás.

Ya se ve que ésa no es la solución al problema. Malo es no tener médicos honra-dos, expertos, de confianza. Pero la solución no es vivir de espaldas a la Medicina, sino actuar para que haya médicos capaces y honrados. Y eso parece que es lo que debiéramos hacer.

Las consecuencias de no haber recibido ninguna formación sobre los valores profundos de la vida y sobre la evolución que hemos venido a culminar son la ignorancia de que hacemos gala los occidentales, la duda generalizada, la proliferación de corrientes y grupúsculos, el campo abierto para los depredadores, quienes, desde Constantino, tienen el campo abierto a sus desmanes. No hay una corriente de formación que les ponga freno. Lo que se ha esparcido desde los púlpitos no es formación, sino deformación. En beneficio del poder, de los depredadores.

Supuestos formadores y depredadores iban en el mismo barco, pertenecían a la misma multinacional. Hemos tenido mil indicios de ello, pero estábamos demasiado hipnotizados para percibirlo. Podemos quejarnos de lo absurdo de nuestro mundo. Pero no captamos lo absurdo de nuestra educación. Y el mundo marcha acorde con nuestra formación o con nuestra deformación.